sábado, 16 de diciembre de 2017

Santa Lucía

Etimológicamente significa “la que lleva luz”. Viene de la lengua latina. Esta joven siciliana es patrona contra las hemorragias, los invidentes, enfermedades de los ojos, disentería, trabajadores del cristal, mártires, campesinos, vendedores, contra las infecciones de garganta y escritores. Fue una virgen mártir de Siracusa. Fue, como tantos otros y otras, una víctima propicia de las persecuciones del terrible emperador romano Diocleciano. Este, en toda su torpeza y muy mal aconsejado, pensó que podría exterminar a todos los creyentes en Jesús de Nazaret por el simple hecho de matarlos. NO sabía que la semilla de un mártir fertiliza en otros muchos más que se adhieren a la doctrina del Evangelio. Ella fue una víctima más de este señor en el año 304. Su mismo nombre evoca la luz, aunque su vida permanezca en la sombra para todo aquel que no se acerque a la biografía de esta joven. Fue muy popular en su tiempo. Y lo que es más curioso, su culto comenzó a hacerse en los primeros siglos del cristianismo. Tanto era el fervor por esta mártir que su devoción llegó incluso a los países nórdicos. En estos lugares, existía la fiesta pagana de la luz y de los malos espíritus. Pues bien, una vez que se introdujo su festividad, desapareció la fiesta pagana. En esta época del año tiene lugar allí las noches largas del invierno. Es un período del año muy pesado. Sin luz y con mucho frío, a pesar de que en Oslo, por ejemplo, las calles peatonales tengan calefacción central. La redacción de su “pasión” data nada menos que del siglo V hasta el VI. Hay, por supuesto, muchos detalles que pertenecen a las leyenda. Dicen que estuvo encerrada en un lugar de prostitución. Y supo resistir a toda tentación contra el mal. En su martirio, nada le hacía daño. Pero entre tormentos murió el año 304. Sus reliquias están hoy en Venecia. ¡Felicidades a quienes lleven este nombre!


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